Una nueva apuesta por América Latina

Conferencia pronunciada en la Pontificia Universidad Católica de Argentina con ocasión del conferimiento del Doctorado Honoris Causa

Guzmán Carriquiry Lecour
3/29/12
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CATÓLICO Y LATINOAMERICANO

Hace ya casi diez años en un libro que me fue publicado ante todo en Argentina, precisamente con el título “Una apuesta por América Latina”, me gustaba presentarme como “uruguayo, rioplatense, mercosureño, sudamericano, latinoamericano, que a través de los caminos imprevisibles y desmesurados de la Providencia de Dios trabaja desde hace 30 años en la Santa Sede, en el centro de la catolicidad”. Hoy son ya 40 años, más tiempo vivido en Roma que en nuestras tierras. Y, sin embargo, siento cierto orgullo cuando todos, aquí y en Roma, me reconocen, a mi y familia, como latinoamericanos. No en vano, lo de ser católico no se reduce jamás, por una parte, a un cosmopolitismo abstracto ni a un globalismo tecnocrático, ambos apátridas, ni nos encierra, por otra, en un localismo estrecho. Hay un inglés ocurrente que inventó el vocable horrible de “glocalización”: pensar globalmente y actuar localmente. Mucho más radical y comprensivo es lo católico que sintetiza universalidad y particularidad, unidad y pluralidad, identidad y diversidad. Su fundamento es Cristo, que lleva a su realización total el Uno por Todos (pars pro toto) y el todos en Uno (totum in parte). El ser católico abraza nuestra singularidad, nuestras raíces y tradiciones, nuestros amores; abraza, recrea, fortalece y da un horizonte de “sentido” a la pasión por la vida y el destino de nuestros pueblos.

Hay en esa profunda identificación como latinoamericano no sólo un sentimiento sino la inteligencia perceptiva de un vínculo de pertenencia, de una círculo singular de fraternidad, de una proximidad de la caridad y solidaridad, más fuerte de todo lo que puede dividirnos: más fuerte que las distancias geográficas, las fronteras políticas, las barreras étnicas, la diversidad de sub-culturas locales y regionales. “No somos un mero continente, apenas un hecho geográfico con un mosaico ininteligible de contenidos”, afirmó el Episcopado latinoamericano en su Conferencia de Aparecida (mayo 2007). “Tampoco somos una suma de pueblos y de etnias que se yuxtaponen. Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos “de unos pueblos – como decía el Beato Juan Pablo II el 12 de octubre de 1992 en Santo Domingo – a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia”.

Nos reconocemos como latinoamericanos porque, como escribían nuestros Obispos en Puebla, “el Evangelio encarnado en nuestros pueblos constituye una originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina”, identidad que se expresa luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe. Esa originalidad, o sea la novedad de su origen, está íntimamente definida y surcada por una vocación de unidad, aún en medio de laceraciones y desgarramientos, nunca reducida a uniformidad sino enriquecida con muchas diversidades locales, nacionales y culturales.

VOCACIÓN Y DESTINO DE UNIDAD

La génesis de América Latina tuvo lugar, al alba de la modernidad, en medio del más gigantesco y sorprendente encuentro, dramático y desigual, de pueblos, culturas, etnias y niveles de desarrollo, en el que se entrelazaron  diversas formas de conquista, violencia y explotación. Pero vale lo del apóstol Pablo: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. El acontecimiento de Cristo mediante una impresionante epopeya misionera ad gentes, por intercesión de la maternidad de la Virgen María, sobre todo desde las apariciones del Tepeyac, fue re-generador de pueblos nuevos por medio del bautismo, mientras se operaba un gigantesco mestizaje étnico y cultural que prosigue hasta la actualidad  La conciencia de dignidad y libertad de toda persona, la sabiduría ante la vida, la pasión por la justicia, la solidaridad ante las necesidades de los más pobres,  la esperanza contra toda esperanza, se han mantenido vivas en nuestra historia por la fructificación de la semilla del Evangelio plantada en tierra americana como germen de nueva creación. Éste es el patrimonio cristiano y a la vez  el capital humano, los más preciosos recursos que constituyen la tradición de nuestros pueblos. Se trata de la tradición que tenemos que verificar críticamente en nuestra experiencia presente, reactualizada y reformulada a través de nuestra libertad, amistad y trabajo, para la creación de formas de vida más dignas de las personas y los pueblos en América Latina.

“No hay por cierto otra región – se lee en el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano – que cuente con tantos factores de unidad como América Latina – de los que la vigencia de la tradición católica es cimiento fundamental de construcción -,  pero se trata de una unidad desgarrada porque atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía incapaz de incorporar en sí “todas las sangres” y  superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones. Es nuestra patria grande pero lo será realmente ‘grande’ cuando lo sea para todos, con mayor justicia. En efecto – concluían los Obispos latinoamericanos – es una contradicción dolorosa que el Continente del mayor número de católicos sea también el de mayor inequidad social”.

Su germen potente de unidad, de filiación y fraternidad,  convoca aún a la incorporación todos los sectores marginados y excluidos – pensamos especialmente en las comunidades indígenas, en sectores afro-americanos, en las periferias miserables de megalópolis desequilibradas -  en patrias inclusivas y justas, fraternas y reconciliadoras. Es desde la auto-conciencia presente de la propia identidad, de la propia tradición, así como de las propias necesidades, intereses e ideales, que sólo puede afirmarse y dilatarse un protagonismo propio, original, como adecuada incorporación de América Latina en la escena internacional. Si no existe esta auto-conciencia, se queda arrastrado por vientos mutables, impresiones fragmentarias, reacciones instintivas, horizontes estrechos, prisioneros, en ultima instancia, de la cultura dominante,  de quienes ejercen efectivamente los grandes poderes trans-nacionales.

En la conmemoración festiva del Bicentenario de la independencia de los pueblos hispanoamericanos, no podemos olvidar aquél lúcido diagnóstico del Libertador Simón Bolivar cuando consideraba la situación americana de entonces como análoga a “cuando desplomado el Imperio Romano cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones” (cfr. Carta de Jamaica, 1815). El clamor dramático que acompañó sus últimos años fue: “Unidad, unidad, o la  anarquía nos devorará”. En julio de 1830, haciando ya un balance de las gestas libertadoras, sentaría esta tremenda afirmación: “Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos conseguido a costa de los demás”. Lo que quería decir que tampoco la independencia estaba asegurada.

¿Cómo no tener en cuenta que los más grandes y preclaros héroes de las gestas de la emancipación murieron derrotados, perseguidos, exilados o ejecutados? Artigas vivió largos años de su vida como refugiado en el Paraguay. San Martín , que dejó el comando unitario de las fuerzas patriotas bajo el mando de Bolívar, fue permanente hostigado por la oligarquía peruana, y no encontró ni en el Chile que había liberado, ni en Argentina, su patria, un refugio tranquilo, pues sólo querían arrastrarlo en el torbellino de las discordias domésticas, yéndose pues a Francia, donde vivió y murió solo y abandonado. Morazán, el héroe de la unidad centroamericana, es asesinado. Los curas mexicanos, Hidalgo y Morelos, líderes de levantamientos campesinos e indígenas en México, fueron ejecutados. Y el mismo Bolívar fue sometida a un sin fin de atentados, conspiraciones y difamaciones, siendo también asesinado su lugarteniente Sucre. La emancipación se resolvió en “balcanización”. Quedó una “nación inconclusa”. Nuestros países aislados, separados, incomunicados quedaban condenados a la dependencia y marginalidad, en sociedades injustas y violentas.

INTEGRACIÓN, REGIONALISMO Y GLOBALIZACIÓN

Si construir una gran nación, una confederación de repúblicas, era en aquellas condiciones, una utopía, hoy aquella vocación de unidad, aquel ímpetu de fraternidad, tiende a adquirir cuerpo y sangre y da pasos de gigante en su crecimiento. “Es grave responsabilidad – dijo Juan Pablo II el 12 de octubre de 1994 en Santo Domingo – favorecer el ya iniciado proceso de integración”, y el 12 de diciembre pasado Benedicto XVI se regocijaba al considerar el “camino de integración” recorrido. Sus hitos pueden rastrearse durante todo el siglo XX, pero dan un salto cualitativo con el MERCOSUR – aunque hoy bloqueado por la violación sistemática de sus acuerdos -, que rompe la tradicional incomunicación del Brasil con los países hispanoamericanos y permite avizorar una América Latina que conjuga sus dos rostros: aquél hispanoamericano y aquél lusoamericano, a los que se agrega en modo apendicular las pequeñas islas del Caribe. Ahora estamos en tiempos de la UNASUR  (Unión de América del Sur y de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. ¿Acaso unas siglas detrás de otras, con escasa capacidad de rellenarlas de contenidos efectivos? Poca cosa sería la integración si diluida en formas siempre tensas y conflictivas de liberalización comercial y proclamada a través de las ya aburridas retóricas y buenos propósitos de una Cumbre tras otra.

Es buena ocasión la del Bicentenario para proceder a una vasta obra de educación y movilización para que la integración latinoamericana no se reduzca a las veleidades e intereses de elites políticas y económicas sino que arraigue verdaderamente en los pueblos y despierte  un protagonismo apasionado de las nuevas generaciones juveniles. ¡Qué lejos estamos de ello! Mientras tanto, quedamos a la espera de liderazgos y voluntades políticas mucho más clarividentes, inteligentes y determinadas para dar nuevo ímpetu regional a esa integración, que es condición necesaria para conmemorar y actualizar toda auténtica independencia.

Ya lo advertía lúcidamente el General Juan Domingo Perón cuando señalaba que la regionalización o continentalización era pasaje obligado para una incorporación compensadora y adecuada en el proceso de mundialización y para un efectivo protagonismo en la escena internacional. Mi recordado y querido maestro, Alberto Methol Ferré, nos advertía que habíamos entrado de lleno en la nueva era de los “Estados continentales”, primero los Estados Unidos de América, luego la Unión Soviética y lo será Rusia si logra reconstruirse, después la China y la India, ¿por qué no América Latina?, camino hacia una no por cierto próxima confederación mundial.

La Iglesia católica se adelantó a esa regionalización, acuñando por primera vez el apelativo “América Latina”, con la creación en 1858 del que se llamó pocos años más tarde Colegio Pío Latinoamericano, en Roma, convocando el Concilio plenario Latinoamericano en 1898, creando el Consejo Episcopal Latinoamericano en 1955 y siguiendo las huellas del Concilio Vaticano II inculturado en nuestras tierras por las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).

UNA MUY FAVORABLE OPORTUNIDAD HISTÓRICA

Alguien dijo que América Latina era el continente de las oportunidades perdidas. Hoy, sin embargo, estamos embarcados en una oportunidad histórica que no podemos desperdiciar y que nos permite y exige plantearnos grandes metas ideales, afrontando todos sus desafíos y tareas.

Estamos viviendo un proceso de crecimiento económico sin igual por duración y consistencia en los últimos cincuenta años. Incluso la tremenda crisis financiera y económica que sacude íntimamente y agobia el “primer mundo”, norteamericano y europeo, no se ha descargado sobre nosotros, aunque tenemos que estar preparados para sus coletazos. Es ironía del destino que el Fondo Monetario Internacional que imponía a los países latinoamericanos, hasta hace poco tiempo, condiciones draconianas para reducir sus deudas y desbalances, recurra ahora al Brasil y a otros países latinoamericanos para que colaboren financieramente para el salvataje de economías europeas en muy difíciles situaciones, mientras el deficit presupuestal y la deuda de los Estados Unidos y de diversos países europeos asumen volúmenes casi incontrolables.  

Ese mismo crecimiento ha permitido que decenas de millones de latinoamericanos hayan ido superando la línea de la pobreza y la indigencia, no obstante que todavía alcancen los 173 millones y los 70 millones respectivamente (¡y no es nada poco!). Pero para estas decenas de millones de latinoamericanos ello supone, por primera vez, el acceso al trabajo, al consumo, al crédito, a los servicios de instrucción y salud, y aunque continúen viviendo en condiciones muy difíciles, avizoran ya un horizonte de esperanza para sus hijos. La tasa de la pobreza en América Latina es hoy la menor en los últimos treinta años. Baja considerablemente la tasa de desempleo, crecen las clases medias populares y también las medias-medias y se incrementa la demanda y el consumo internos.

Sabemos que ese crecimiento se debe a la conjugación de dos factores: por una parte, a las riquezas minerales, energéticas y agroalimenticias que la Providencia de Dios ha donado a nuestras tierras fecundas, y, por otra, a los centenares de millones de chinos, indios, coreanos, árabes y sudafricanos que, entre muchos otros, acceden al consumo y alimentan grandes corrientes de exportación de nuestros productos, con precios internacionales muy favorables. La China se ha convertida en primera compradora de productos primarios. No hay que descansarse, sin embargo, en esa coyuntura internacional tan propicia, porque las nubes comienzan a adensarse en el horizonte, aunque todo hace prever que tendremos todavía la persistencia de tiempo más o menos bueno. Hay que aprovecharlo a fondo para apostar por la modernización de la economía mediante la incorporación tecnológica, por un incremento consistente del valor agregado de nuestros productos gracias a un nuevo impulso industrializador, por cadenas productivas entre países hermanos, por la gradual superación del dualismo estructural entre sectores de alto desarrollo junto a periferias miserables,  por el incremento sin trabas del comercio intra-regional y del intercambio de capitales, por la capacidad y seriedad en seguir atrayendo inversiones extranjeras reproductivas. Una política racional y provisoria de subsidios a quienes están bajo la línea de la pobreza tiene que cuidar, no sólo las cuentas y previsiones económicas en orden, sino que no se pierda una actitud activa en afrontar la realidad, por dura que sea, y vaya mermando la virtud de la laboriosidad y la necesidad de incrementar  productividad, precisamente cuanto más se requiere promover mayores oportunidades de trabajo y revalorizar el trabajo nacional. Se necesita también formar y multiplicar vocaciones, capacidades e iniciativas emprendedoras. Urge saber combinar la custodia del ambiente natural con una explotación racional de recursos. Hay que invertir también en una red de complementaciones y colaboraciones energéticas y financieras, así como de infraestructuras físicas entre los países latinoamericanos. Hasta que no comuniquen efectivamente la cuenca amazónica y la cuenca platense, por una parte, y el Atlántico con el Pacífico por vía de corredores bioceánicos, nuestra región seguirá mas bien descoyuntada. Desfondados el socialismo real y la utopía de autorregulación del mercado, no podemos no asumir el desafíos de ir definiendo y actuando, en formas realistas, nuevos modelos de desarrollo.

Hoy estamos en condiciones mucho mejores para reafirmar nuestra independencia en el cuadro de las interdependencias y solidaridades de un mundo global; o sea, de estar más determinados por nuestro ethos, nuestra originalidad histórico-cultural, nuestros recursos materiales y humanos, nuestra consistencia económica, la diversificación de nuestras relaciones políticas y comerciales, nuestros intereses e ideales, que por los grandes poderes políticos, financieros y culturales del globalismo trans-nacional. En efecto, hay que replantear condiciones dignas y respetuosas de relación y cooperación con los Estados Unidos – muy golpeados por la crisis, arrastrando un gigantesco deficit presupuestal, incierto en su estrategia internacional y desconcertado ante América Latina, que no entra además dentro de sus prioridades estratégicas - y con la China – tan lejana culturalmente, con el riesgo de su avasallamiento competitivo a niveles industriales -, es decir, con los dos motores principales del desarrollo mundial, y de proyectarnos, al mismo tiempo, a 360 grados, en los nuevos escenarios mundiales.

En esta situación sumamente favorable no podemos contentarnos con una navegación de pequeño cabotaje, sino prospectar y debatir grandes proyectos nacionales y latinoamericanos y crear las condiciones para poder encaminarse con determinación en realizarlos como bien común de los pueblos.

AFRONTAR GRANDES DESAFIOS Y TAREAS IRRESUELTAS

¿Cuáles son esas condiciones necesarias para estar a la altura de las exigencias y desafíos de estos tiempos propicios de oportunidad histórica?

Necesitamos nuevas generaciones políticas, incluso un recambio de sectores dirigentes a diversos niveles de la vida pública, apasionadas por el bien del propio pueblo y especialmente por el de los sectores más desfavorecidos, que no antepongan sus intereses de poder al bien común. Necesitamos nuevas generaciones políticas con el “carisma”, talante y experiencia para conectar con la sabiduría, los sufrimientos, las necesidades y esperanzas del cuerpo social, con la competencia que se requiere para el gobierno de sociedades cada vez más complejas, con la capacidad de contar con un cierto juicio sobre la historia presente del propio país, latinoamericana y mundial,  libres de toda tendencia al autoritarismo, con la magnanimidad de quienes buscan mayor justicia y verdad junto a la reconciliación y el perdón, capaces de suscitar una mayor implicación, movilización y participación democrática de personas, familias, cuerpos intermedios, fuerzas sociales, culturales y religiosas en la construcción de la nación. Sabemos que la política es el arte del compromiso en el ejercicio del poder, en el que intereses e ideales están necesariamente entremezclados. No esperamos ninguna salvación mesiánica de la política. Pero, sí, cabe esperar que la política no quede encerrada en los círculos viciosos de las corporaciones políticas auto-referenciales, de la idolatría del poder a todo costo, de la ocupación del Estado y la manipulación arbitraria de las instituciones civiles,  de un pragmatismo inmediatista y utilitarista más en función de los propios intereses de poder que del bien común de los pueblos. Estamos en condiciones de pedirle y exigirle a la política que vaya más allá de permanentes y obsesivas contraposiciones, demonizaciones y polarizaciones exasperadas, incluso violentas. Cabe por cierto preguntarse cuánto hay de sincera búsqueda del bien común en medio de nuestras múltiples discordias y escaramuzas intestinas. La grandeza de la política consiste en su capacidad de representar, encauzar y alimentar grandes consensos y convergencias populares, sea nacionales que latinoamericanas, en pos de grandes objetivos de desarrollo, bien común y justicia social, de vida buena para los ciudadanos. No en vano sucesivos pontífices la han calificado, para rehabilitarla en toda su dignidad, como una forma excelsa de caridad.

Necesitamos democracias fuertes. Y nos regocijamos por estos 40 años de democratización en América Latina, no obstante todas sus ambiguedades y límites, todos los bolsones negros que existen al respecto, porque dejamos atrás políticas de muerte que fueron la muerte de toda política. Pero democracias fuertes, de las que tenemos en América Latina sólo algunos ejemplos virtuosos, requieren, además de límpidas consultas al cuerpo electoral, otras condiciones que hay que tener bien presentes. El agotamiento, derrumbe o confusión de la tradicional estructura de partidos políticos en América Latina deja vacíos de representación, precisamente en tiempos de incorporación a la vida pública de nuevos actores sociales, muchos de ellos antes marginados, y se buscan canales de desahogo, protesta y reivindicación, alimentando los humores coyunturales, las tendencias personalistas y plebiscitarias, las tentaciones autocráticas, los clientelismos asistenciales. Este descalabro de los partidos políticos abaja el nivel de los debates y miras de la política, mientras que no ayuda al recambio ni a la formación de nuevos liderazgos y militancias. Una revisión profunda se requiere también de los movimientos sindicales, indispensables en el mundo del trabajo y para la construcción de la democracia, pero muy debilitados porque apretados por la tenaza de ideologías anacronistas y residuales, por una parte, o, por otra, de corporativismos con escasa referencia al bien común de las naciones. Democracias fuertes requieren repensar, replantear y regular el papel del Estado, combatiendo las concentraciones y confusiones de poderes, la hipertrofia burocrática, la pésima formación y gestión en las administraciones públicas, la pretensión de sus ilusorias posibilidades de ser el actor fundamental para la felicidad de la gente. No existen verdaderos procesos de participación, crecimiento y liberación de los pueblos cuando todo se concentra en el poder del Estado y se reducen los espacios de libertad y participación ciudadana.

REGENERACION DE PERSONAS Y PUEBLOS PROTAGONISTAS

Más importante aún es que los pueblos se conviertan efectivamente en los sujetos protagonistas de su propio destino. ¿Quién puede creer que los enormes desafíos y tareas para construir una América Latina en pos de su unidad e integración, camino a su desarrollo autosostenido, integral y solidario, victoriosa sobre la plaga de la desigualdad y la pobreza, la inseguridad y la violencia, puedan ser simplemente asumidos y resueltos por los mecanismos enyesados de la política, por las ortopedias del poder de los Estados o por la “mano invisible” del mercado? Si lo esperamos todo del Estado, recaemos en mentalidades y modalidades parasitarias, asistencialistas, clientelares; si lo esperamos todo del mercado, que se mueve sólo por criterios de utilidad, sabemos también por experiencia que deja un tendal de excluidos

¿Cómo podremos afrontar esos desafíos y tareas, que son de magnitud civilizatoria, si no cultivamos los anhelos de amor y verdad, de felicidad y justicia, que son los mejores recursos de humanidad en el ser de las personas, si no contamos consociedades abiertas, activas, motivadas, partícipes, emprendedoras, constructoras, si no valorizamos todas las contribuciones, obras e iniciativas que provienen de sus instancias religiosas, eclesiales, culturales, sociales, de autoorganización popular? Necesitamos una “comunidad organizada”, no desde el poder sino conmovida por los mejores valores e ideales que provienen de su tradición, por grandes propuestas y proyectos de vida buena que la saquen de la apatía, escepticismo e indiferencia, que la liberen del “sálvese quien pueda” o del “todo contra todos” y que la pongan en íntimo y tenso movimiento  de esperanza activa, constructora, solidaria. No soñemos con las recetas de la facilonería. Se requiere sudor y lágrimas de pueblos protagonistas, capaces de asumir el  sacrificio conmovido de sí en pos de una vida mejor, más humana, más digna para todos , ¡porque todo lo vale en la vida personal y colectiva, cuesta, un costo que vale la pena! ¿Cómo hacer para lograr esa exigencia y necesidad primordial de movilizar las mejores energías de dignidad y auténtica libertad responsable, de laboriosidad, creatividad, emprendimiento y solidaridad, de ímpetus de fraternidad de nuestros pueblos, sin las cuales  no se enfrentan grandes tareas históricas, la política queda en luchas auto-referenciales y maniobras superfluas y el pueblo va convirtiéndose en masa pasiva, indiferente, manipulable, embrutecida. La ciudadanía es un reto a la responsabilidad ética, cultural y política de los miembros de un pueblo.

Ésta es la situación en la que arriesgamos ir cayendo. La sociedad del consumo y del espectáculo va destilando cotidianamente, capilarmente, sobre todo mediante los potentes medios de comunicación y control sociales de los que dispone, una cultura relativista, hedonista, utilitarista, no sólo cada vez más ajena y contraria a la tradición cristiana de nuestros pueblos sino también como nuevo opio del pueblo. En efecto,opera como distracción, confusión y banalización de la conciencia y experiencia de lo humano, erosiona el temple de las personas y los pueblos, disgrega las familias, exorciza el sacrificio por la facilonería y la evasión, exalta el consumo cuando más se necesita la laboriosidad, embrutece la mentalidad popular, siembra sólo confusión y violencia. Después del desfonde histórico de los ateísmos mesiánicos – que tuvieron en el marxismo su vértice ideológico – ahora hay que enfrentar esa corriente cultural hedonista, de un nihilismo aparentemente confortable, de vida sin “sentido”, apenas un haz de pulsiones y reacciones, confundidas la vida real y virtual. En la ausencia de pasiones e ideales compartidos, como en un desierto lleno de hostilidades, sin memoria,lacohesión social depende más de la sucesión efímera de imágenes  y percepciones, tal como las ponen en escena los poderes mediáticos, que como conciencia de una tradición y un destino compartidos.

Fíjense Ustedes que la crisis mundial, que agobia sobre todo al primer mundo desde el 2009, ha demostrado claramente que apuntar sólo al crecimiento económico, a la idolatría del dinero, a la espiral incesante del consumo, al poder de las nuevas tecnologías, es construir la casa común sobre la arena o la paja si faltan virtudes personales y sociales de responsabilidad, confianza, honestidad y solidaridad, si faltan cimientos ideales sobre los cuales construir sobre la roca.

No se puede, por cierto, construir verdaderamente desde residuos ideológicos anacrónicos. Ayer se desfondó el socialismo real y el marxismo quedó como pálido vagabundo en la historia contemporánea. Hoy, con la crisis global, se desfonda la pretensión de la utopía de  autorregulación de la entera dinámica social gracias al libre juego de las fuerzas del mercado a nivel global.Sin embargo, ese ultraliberalismo que, en el plano de sus estrategias económicas ha sido sufrido y rechazado en la reciente evolución  de nuestras sociedades latinoamericanas, anima la cultura dominante del relativismo y hedonismo, y difunde un individualismo salvaje en el que rige la exacerbación de los deseos que pretenden incluso convertirse en derechos, aunque atenten contra el primordial derecho a la vida y a la dignidad de las personas, familias y pueblos. ¿A qué sirve atentar contra la verdad y unidad del matrimonio y sembrar la disgregación de la familia, sea por vías legislativas, culturales o mediáticas,  haciéndolo contra la sabiduría de nuestros pueblos, despojándolos de los afectos primordiales, más humanos, más hermosos, de la belleza y felicidad de un amor fiel y fecundo, de una banca muy efectiva de solidaridad, de un crecimiento de las personas sin graves descompensaciones afectivas? El cuidado de los niños, desde su gestación, y de los ancianos, hasta su muerte natural, definen la calidad humana de la sociedad. Sociedades de individuos solos, aislados, desamparados, librados a un individualismo que se considera autosuficiente cuanto más condicionado está desde la constitución genética a los contenidos de laconciencia y modelos de vida, quedan a merced del poder. Sociedades rotas por desigualdades estridentes  o disgregadas en individualismos invertebrados son incapaces deemprender grandes tareas históricas. Son camino a la descomposición, a la corrupción. 

Si no existe verdad alguna que pueda ir más allá del juego subjetivo de preferencias individuales, si los juicios de valor sobre el bien y el mal, la verdad y el error, la justicia y la injusticia, quedan confinados en el campo de las meras opiniones, si no hay fundamentos ni criterios de discernimiento para una vida verdadera y feliz, queda sólo el reino del individualismo salvaje sobre la base de estados de ánimo, pulsiones emotivas e intereses económicos, sobre-determinados por quienes tienen el poder tremendo de la comunicación y el control social. Desaparece también la posibilidad  de un patrimonio de valores compartidos en condiciones de generar fuertes vínculos de pertenencias solidarias. Si todo se equivale en el mercado de las opiniones, todo resulta indiferente. Los efectos se perciben diariamente en una vida social y política que parece no saber darse grandes metas e ideales que perseguir.

Al contrario, lo que se necesita es mayor cohesión social, asumiendo la tarea de reconstruir los vínculos de pertenencia y solidaridad de las personas, del tejido familiar y social. Sólo así van recomponiéndose, gradual y pacientemente, experiencias renovadas de ser pueblo entre quienes se reconocen hijos y partícipes de una misma historia, en la memoria de una tradición viva, habitantes que comparten una morada común, ciudadanos responsables, conscientes de convivir y trabajar juntos movidos por un ideal de vida buena. Las comunidades humanas se enriquecen de humanidad, en efecto, cuando se  conmueven y movilizan con fuertes razones e ideales para vivir y convivir, para amar y luchar, para asumir los sacrificios necesarios y para mantener viva la esperanza en un mañana mejor que ya hoy mismo se experimenta y avizora. Sería tremendo ir perdiendo en vida social la experiencia de un encuentro, de una convivencia fraterna, de una amistad social, de ese banco de trabajo común, que han ido sedimentándose de generación en generación, huérfanos de “patria” – que viene de paternidad -, debilitada la conciencia de la nación – que viene de natio y evoca maternidad – y masificado el pueblo, que es gestación de fraternidad alargada más allá de la estirpe.

NECESIDAD DE UNA REVOLUCIÓN EDUCATIVA

Se necesita también en América Latina una auténtica revolución educativa. Hablar de nuestros sistemas educativos es referirse a la “cenicienta” en los debates, agitaciones y propuestas de las comadres políticas. Y, sin embargo, tendríamos que poner la tarea educativa como primera prioridad – el Papa Benedicto XVI alerta sobre una emergencia educativa -, involucrando en grandes debates nacionales a las autoridades públicas, a las instituciones educativas, culturales y religiosas, a los padres de familia cada vez más preocupados y a menudo impotentes respecto a la educación de sus hijos, con atenta escucha de los jóvenes, cada vez más huérfanos de verdaderos padres, maestros y educadores, sea que se expresen con transgresiones y protestas, con escapatorias ilusas y deletéreas, o con apática indiferencia. En esta tarea educativa, de la que muchos parecen abdicar, se juega el futuro de las personas y las naciones. Hay que repetirse que no existe mejor inversión, ni mayor riqueza, ni capital más productivo para la persona y la sociedad de lo que se desarrolla a partir de un trabajo educativo, que despierte y cultive la humanidad del hombre, que lo haga crecer en la autoconciencia de su vocación, dignidad y destino, que lo ayude a realizarse en su triple e inseparable dimensión de persona, trabajador y ciudadano.  Por cierto no reducimos esta tarea, como sucede por lo general, a la transmisión de un patrimonio de informaciones y datos, técnicas y habilidades, en condiciones de cada vez peor calidad, carentes de una hipótesis educativa, de una hipótesis de “sentido” respecto al cultivo de todas las potencialidades de la persona.Una laicidad positiva, y no un laicismo ideológico excluyente y empobrecedor, incorpora y aprecia en toda institución e itinerario educativos los anhelos y preguntas del sentido religioso humano, así como las respuestas que han dado las diversas tradiciones religiosas y, especialmente, la tradición católica que es la más presente en la historia, cultura y vida de nuestros pueblos.

EL MÁS PRECIOSO TESORO 

Y cuando me refiero a la tradición católico destaco el patrimonio más valioso, el más precioso tesoro – cuya perla de máximo esplendor es Jesucristo – que se ha dado a nuestros pueblos, desde su misma gestación y que ha marcado su identidad, su matriz cultural, manteniendo muy vivos sus anhelos de verdad y amor, de justicia y felicidad, con una esperanza a toda prueba. Se trata de un patrimonio tan arraigado que, no obstante muchos descuidos, miserias y deficiencias en su cultivo, son más del 80% los latinoamericanos bautizados en la Iglesia católica, y la agencia “Latinobarómetro” nos asegura que aún hoy la Iglesia católica es la institución que suscita mayor confianza y credibilidad en nuestros pueblos (¡después de los bomberos!). El humus del Evangelio está presente en las tierras sociales y culturales de América Latina desbordando los confines eclesiásticos.

La Iglesia, por la que Cristo se hace presente, contemporáneo a todo hombre de todo tiempo y lugar, comunidad de pobres pecadores sólo congregados, reconciliados y enviados por la gracia de Dios, tiene toda la legitimidad no sólo teológica sino también histórica para presentarse entre nosotros, como lo hizo en Aparecida, como “sacramento de comunión de sus pueblos”, morada abierta para todos sin discriminaciones, la “casa de los pobres de Dios”.

El Cardenal Josef Ratzinger, ya siendo Benedicto XVI, escribió en su libro-entrevista “Luz del mundo” que “dos han sido las figuras que han hecho creer a los hombres en América Latina”: por una parte, la Madre de Dios, que nos da a su Hijo, el Verbo hecho carne gracias a su fiat,  que nos acompaña con su ternura y consuelo maternos y que nos invita a pronunciar nuestro fiat a la voluntad de Dios, y, por otra, el Dios que sufre, “que sufre también en toda la violencia que ellos mismos han experimentado”; son el amor y dolor en los que se entreteje la vida, por los que Cristo nos obtuvo la salvación.

No hay símbolos latinoamericanos más inclusivos – mucho más inclusivos que la llamada “madre tierra” en la que se mezclan tradiciones indígenas con ecologías panteístas y sensibilidades de “new age” – que las imágenes marianas, y la de Nuestra Señora de Guadalupe, ante todo, y los rostros sufridos y pacientes del Cristo de Esquipulas en Guatemala, del Señor de los Milagros en el Perú y otros Cristos latinoamericanos. Simbolizan, a la vez, el mestizaje cultural y la evangelización inculturada.

No somos ilusos. Sabemos que ese precioso patrimonio está sufriendo mucha erosión y corre el riesgo de disgregarse, dispersarse. Ha ido creciendo cada vez más, sobre todo en las redes urbanas de América Latina, el pluralismo religioso, el evangelismo pentecostal, numerosas sectas pseudo-cristianas, sincretismos y espiritualidades irracionales, en un contexto de difusión de la secularización.

Sin embargo, “la mayor amenaza – nos dijo el Cardenal Ratzinger en Guadalajara en 1996 y lo retomaron con valentía los Obispos latinoamericanos en Aparecida (n. 12) – es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”. Toca también a la Iglesia católica en América Latina un profundo examen de conciencia  en cuanto custodia y revitalización de ese precioso patrimonio de nuestros pueblos. “En América Latina y el Caribe, cuando muchos de nuestros pueblos se preparan para celebrar el bicentenario de su independencia – escribieron los Obispos latinoamericanos en mayo de 2007,  en su Conferencia de Aparecida – nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo”, para que Él se manifieste “como novedad de vida y de misión en todas las dimensiones de la existencia personal y social” (n. 13). Este es “el mejor servicio - ¡su servicio! – que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y a las naciones”.

Para cumplir con esa tarea,  hay que ser siempre de nuevo evangelizados, en conversión permanente, redescubriendo “la belleza y la alegría de ser cristianos”. No somos mejores que nadie, pero urgidos por “comunicar por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo”.  Tal es el compromiso de la “misión continental” lanzada desde Aparecida y en pleno curso, modalidad concreta de responder a la convocatoria a una “nueva evangelización” de nuestros pueblos, tal como la han requerido y enseñado Juan Pablo II y Benedicto XVI.La misión continental nos invita, pues, a despertar de nuestros letargos, superar el cansancio de la fe, salir de nuestra auto-referencialidad, no quedarnos a la espera de la gente dentro de los templos, sino compartir la vida de las personas, las familias y los pueblos allí donde viven, sufren, trabajan, estudian, se divierten, para convertir a todos en “prójimos”, llenos de compasión, de amor misericordioso, de alegría y esperanza. Para esohay que estar animados por un renovado fervor apostólico, un celo por las almas, confiándolas a la misericordia de Dios y a la potencia del Espíritu Santo.

Muchedumbres  de bautizados, en las que hay mucha fe, en las que la piedad popular manifiesta esa fe inculturada en la vida  sobre todo de los pobres y sencillos, ha de ir convirtiéndose cada vez más en un pueblo de discípulos, testigos y misioneros del Señor, para que nuestros pueblos tenga vida, vida verdadera, vida fraterna, vida en abundancia.

Las dos importantes citas próximas de la catolicidad – la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en octubre a Roma, para considerar “la nueva evangelización para la transmisión de la fe” y el inmediato sucesivo “Año de la Fe” decretado por el papa Benedicto XVI - ponen también a la Iglesia en América Latina ante la grande y grave responsabilidad que tiene, ante todo ante Dios,  y a la vez para bien de nuestros pueblos y de toda la catolicidad.

El debilitamiento de la fe católica es la peor pérdida y el mayor empobrecimiento en la vida de nuestros pueblos. Perdida la conciencia de filiación de un Padre común, se desfondan experiencias e ideales de fraternidad. La esperanza se vuelve incertidumbre e inseguridad. Prevalecen entonces los ídolos del poder, del dinero, del placer efímero, raíces y expresiones de toda esclavitud y opresión. Crecen las violencias por doquier. Esfumada nuestra originalidad histórico-cultural, quedaremos arrollados y asimilados por la uniformidad de una globalización unidimensional, tecnocrática, relativista y libertina.

¿Qué independencia conmemoramos si no la cimentamos y proyectamos en una fuerte identidad, fuente de independencia espiritual, que define el propio perfil y protagonismo históricos? ¿Con cuáles energías morales, espirituales, culturales, afrontar las nuevas gestas patrióticas que se requieren ante los tremendos desafíos y tareas mencionadas?

DESTINOS COMPENETRADOS

Amigos: en América Latina vive casi la mitad de los católicos de todo el mundo. Y aún podríamos sumarle los “hispanos”, en su impresionante crecimiento en los Estados Unidos, en donde en 15 años constituirán la mitad de los católicos del país y en el que se procesará una realineación cultural imprevisible. Por eso, el destino de nuestros pueblos y el destino de la catolicidad están en gran medida entrelazados, al menos para el actual siglo XXI.

Si cae en reflujo la tradición católica, si no se procede a un intenso trabajo de educaciόn en la fe, si no se desatan energías misioneras de “nueva evangelización”, y si esa tradición católica no se convierte en alma, inteligencia, fuerza propulsora y horizonte de un auténtico desarrollo y crecimiento en humanidad, sufren y pierden nuestros pueblos. Y si nuestros pueblos quedan sometidos a la alternancia entre euforias y depresiones, poco comunicados entre sí, modernizados desde afuera, disgregado su tejido familiar y social, arrastrando el peso de desigualdades, pobrezas y violencias, sufre la catolicidad en ellos encarnada.

¿Tenemos conciencia de ser, a la vez,  responsables del destino de nuestros pueblos y del destino de la catolicidad latinoamericana y universal, tan compenetrados? ¿O acaso esto nos parece desproporcionadamente excesivo? Dios no nos prueba más allá de nuestras fuerzas y socorre con su gracia nuestra extrema fragilidad.