Las sorpresas de Dios, la alegría del Evangelio y las esperanzas de los pueblos

Conferencia del prof. Guzmán Carriquiry en el convenio “De Puebla a Aparecida. Iglesia y Sociedad en América Latina”, organizado por el Instituto de Estudios Políticos San Pio V del 26 al 27 de enero pasado, con el patrocinio del Instituto Ítalo Latinoamericano

Prof. Guzmán Carriquiry
2/8/17
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las_sorpresas_de_Dios

Es un placer poder compartirles algunas reflexiones sobre el pontificado del papa Francisco. Me parece importante hacerlo, porque su pontificado – como dice el título de esta conferencia – es una sorpresa de Dios, que nos trae la alegría del Evangelio Pero existe otro motivo que me parece importante: en estos tiempos de zozobra e incertidumbre, incluso depresivos, resulta fundamental mantener vivos los signos de esperanza. Y el pontificado del papa Francisco – el primer papa latinoamericano en la historia de la Iglesia – toca muy profundamente las fibras cristianas de nuestros pueblos y los anima en la esperanza. Y los llama a centrar la mirada en Dios, que nunca decepciona las esperanzas de sus hijos.

Dos acontecimientos inéditos

Si alargamos la mirada para abarcar estos 50 años después del Concilio Vaticano II, e incluso mucho antes de este gran evento eclesial, no podemos menos que maravillarnos por la sucesión de pontífices de tan diversas biografías, venidos de muy diferentes contextos culturales, con temperamentos, formación, trayectorias, sensibilidades y estilos tan propios de cada uno; tanto es así que cada uno de ellos parece diseñado y definido como la persona adecuada para responder a las exigencias y necesidades de la misión de la Iglesia en las variadas coyunturas históricas. Es precisamente a través de personalidades tan diversas que el Espíritu de Dios va entretejiendo la sólida continuidad de la gran tradición católica, del patrimonio de fe que viene desde el testimonio de los apóstoles, por medio de los Sucesores de Pedro, y, a la vez, nos sorprende con su novedad dentro de tal continuidad.

Pues bien, hace ya casi cuatro años todos fuimos testigos asombrados de dos hechos inéditos en esa tradición y sucesión: la dramática renuncia del papa Benedicto XVI y la elección del primer papa latinoamericano en la historia bimilenaria de la Iglesia católica. Ambos acontecimientos estuvieron profundamente interrelacionados. El pontificado de Benedicto XVI, que fue para ese hombre sabio – ¡doctor de la Iglesia! – una especie de via crucis, en medio de un clima tenso y dramático en la vida eclesial, dejó el paso a la inesperada explosión de alegría y esperanza con el pontificado del papa Francisco, sorpresa del Espíritu de Dios que sabe cuándo y cómo provocar un resurgimiento cristiano en las almas. La renuncia del papa Benedicto adquiere una nueva luz con el pontificado del papa Francisco. Benedicto XVI maduró la conciencia dramática, en su misterioso diálogo cara a cara con Dios, de su falta de fuerzas físicas y espirituales para afrontar tareas y decisiones de mucha magnitud. Su renuncia fue gesto de libertad y humildad, a la luz de la confianza de que no somos nosotros quienes conducimos la Iglesia, (¡ni siquiera el Papa la conduce!), sino que “es Dios quien conduce a su Iglesia”. La renuncia del papa Ratzinger preparó el camino para la definición y elección de su sucesor.

Fue así como después del sabio magister, Dios nos regaló el pastor, padre cercano a su pueblo. La más excelsa teología ratzingeriana, che sigue siendo riqueza impresionante de magisterio para el hoy, el mañana y el pasado mañana de la Iglesia, deja el paso a la predicación de un Evangelio sine glosa, rezado, contemplado y compartido a manos llenas, según una gramática de la sencillez. Hoy tenemos un solo Papa, Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo, Pastor universal, que es Francisco, protagonista de una Iglesia que, por gracia de Dios, comienza a emprender un camino de reforma in capite et in membris.

La persona del Papa y sus circunstancias

    Sabemos bien que los Sucesores de Pedro no son nunca elegidos según la lógica mundana de cálculos geopolíticos, sino fijando la mirada, en docilidad al Espíritu Santo, sobre aquella persona que reúne las cualidades adecuadas para ser Obispo de Roma y Pastor universal en un determinada fase histórica de la misión de la Iglesia. Sin embargo, Ortega y Gasset nos enseña que la persona es el “yo y sus circunstancias”, y que éstas no son adjetivas.

No es adjetivo el hecho de que Jorge Mario Bergoglio sea hijo de la tradición católica inculturada en la historia y vida de los pueblos latinoamericanos, así como el hecho de que provenga de la tradición católica llevada consigo por los contingentes de inmigrantes europeos que llegaron en masa al Río de la Plata y que creciera en tiempos de resurgimiento católico en Argentina manifestado en el evento del Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en Buenos Aires en 1934. Tampoco es adjetivo que fuera marcado – como todos los argentinos, adherentes o críticos que sean – por un vasto movimiento nacional y popular, de raíces cristianas, como el peronismo. Hay que considerar, además, que desde joven fue templado por los ejercicios espirituales ignacianos, su educación al discernimiento, por la severa disciplina, los largos años de estudio, la cercanía a los pobres e incluso la responsabilidad de la conducción provincial de la Compañía de Jesús. Vivió intensamente los tiempos del Concilio Vaticano II y también los tiempos turbulentos, e incluso violentos, de la vida de su país. No es adjetivo que se desempeñara con maestro de novicios, profesor de teología pastoral, párroco y docente de humanidades, y que llegara a ser  Pastor de una gran metrópolis, en la que coexisten el “Norte” y el “Sur, la idolatría del poder y del dinero y las Villas Miseria, la extrema secularización y una arraigada religiosidad popular, la disgregación del tejido familiar y social y las experiencias de una cultura del encuentro, la confesión católica de sus grandes mayorías y un laboratorio de encuentros ecuménicos y diálogos inter-religiosos.

Tampoco es adjetivo que el entonces cardenal Bergoglio haya jugado un papel protagónico en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida. Este acontecimiento fue signo de madurez de la Iglesia en América Latina en el camino que el jesuita brasileño Henrique de Lima Vaz había definido como el paso de una “Iglesia reflejo” (porque reflejaba las tendencias teológicas y pastorales europeas) a una “Iglesia fuente” (con su propio perfil y contribución en la catolicidad). No por casualidad existen tantos vasos conductores entre el documento conclusivo de Aparecida y el documento fundamental del pontificado del papa Francisco, que es la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium.  

Por fin, no es adjetivo, en fin, que haya participado como miembro en numerosas “plenarias” de dicasterios de la Curia romana y que haya desempeñado una responsabilidad muy importante en la Asamblea del Sínodo mundial que consideró la misión de los Obispos en nuestro tiempo.

Todas esas circunstancias son importantes porque marcan la trayectoria por la cual la Providencia de Dios preparaba a Jorge Mario Bergoglio para la sede de Pedro: un católico porteño - ¡y tan porteño! -, un católico argentino - ¡y tan argentino! -, un católico latinoamericano – ¡y tan latinoamericano! -, un católico jesuita - ¡y tan jesuita! - llamado a ser Pastor universal. Sólo se alcanza la universalidad a partir de la propia particularidad

Una geopolítica espiritual

Si siguiéramos aquella “geopolítica espiritual” de la que hablaba San Juan Pablo II, veríamos hasta qué punto la catolicidad está viviendo una transición epocal. ¡Y no es el gusto por las palabras grandilocuentes, sino la observación de la realidad!

La elección del papa Francisco puede considerarse como un signo más de un declino histórico europeo, no sólo económico y político, sino sobre todo cultural y religioso. Después de los siglos de su expansión mundial hegemónica, Europa dejó de ser el centro del mundo en la posguerra, justamente cuando emergía el mundo bipolar. Cauce de la inculturación y propagación del Evangelio desde la primera expansión apostólica en el Mediterráneo, esa tradición católica europea tuvo todavía un papel protagónico en la preparación y realización del Concilio Vaticano II, en tiempos de boom económico y de desarrollo de la sociedad del bienestar en este continente. Sin embargo, en las últimas décadas sufrió una inaudita descristianización, sumiéndola en grave desconcierto y desorientación. En muchas partes de Europa se puede hablar de un tiempo post-cristiano. El papa Ratzinger fue extraordinaria personalidad capaz de recapitular y expresar la gran tradición “clásica” y humanista de Europa y, a la vez, la gran tradición católica, como uno de los últimos y el mejor de los europeos de nuestro tiempo. Pero los vientos del Espíritu llevaron a saltar el Océano, a apuntar al Occidente sureño y a traer un Sucesor de Pedro desde el Nuevo Mundo americano.

No en vano en América Latina viven ya más del 40% de los católicos de todo el mundo, a los que cabe agregar la gran mayoría de los 60 millones de hispanos en los Estados Unidos. El 60% de los católicos de todo el mundo viven en el continente americano. Brasil, México, Filipinas y Estados Unidos son los países de mayor número de católicos, seguidos por Italia y Francia, que dentro de unos 15 años serán superados por Colombia, República Democrática del Congo y Nigeria.  Las otrora consideradas periferias hacen irrupción en la catolicidad. Hoy América Latina es región emergente, en medio de sus contradicciones, portadora de tradición católica todavía vigente en sus pueblos, no obstante tantos problemas; es singular mediación entre las áreas hiper-desarrolladas y los pueblos y naciones de periferias ya no marginales sino que están cambiando la geopolítica y la economía mundiales.  Se nos hacen muy presentes las palabras que el mismo Benedicto XVI pronunciara en el avión que lo llevaba a San Pablo y Aparecida: “estoy convencido que aquí se decide (en América Latina), al menos en parte, y en una parte fundamental, el futuro de la Iglesia católica: esto para mí ha sido siempre evidente”.

Con el primer papa latinoamericano en la historia de la Iglesia, la Providencia de Dios coloca a los pueblos, naciones y a la misma Iglesia en América Latina en una situación excepcional. Pero cabe preguntarse: ¿están la Iglesia y las naciones de América Latina a la altura de lo que significa, implica y exige el actual pontificado?

¿Qué es lo que está diciendo el Espíritu a la Iglesia y a las Iglesias? 

Es fundamental, pues, reflexionar sobre la significación de este hecho inédito y lo que propone el pontificado del papa Francisco. Cierto es que, desde el primer momento, su presencia se ha vuelto familiar, casi como uno de casa, para millones y millones de personas en todo el mundo. Las grandes redes mediáticas se refieren a él cotidianamente. Hay un sin fin de publicaciones sobre el papa Francisco. Hay algo muy profundo que se está dando como despertar, atracción y presentimiento ante su pontificado.  El papa Francisco es padre imprevisto e imprevisible porque siempre en búsqueda, guiado por Dios, por su temperamento y su experiencia pastoral, de nuevos caminos para llegar al corazón de todos los hombres que encuentra y que le han sido confiados. Parecería que la gente se siente tocada por el abrazo de una misericordia misteriosa y desbordante. Es como si emergieran anhelos que pudieron romper corazones anestesiados dentro de los moldes de sociedades confusas y violentas. Cierto es que se trata de un fenómeno complejo, difícilmente encasillable en categorías sociológicas. El actual pontificado parece estar rompiendo muchos muros de prejuicios y resistencias, hay una atracción y espontánea empatía muy difundida,, para muchos suscita una inquietud  cargada de preguntas y expectativas, para otros se da el retorno a casa después de haberse alejado de ella y otros tantos se sienten sorprendidos y atraídos cuando creían que ya habían clausurado sus cuentas con la fe y con la Iglesia. Además, se despierta y florece la fe en muchos.  Incluso hay mucha más atención de las instancias políticas respecto de la Iglesia, con un Papa que en poco tiempo se ha convertido en el más creíble y admirado líder de la comunidad internacional.

Sin embargo, hay que tener también presente que los grandes poderes mediáticos intentan en general difundir la imagen de un Papa según sus propios intereses. Tienden así a popularizar su figura banalizándola, quedándose en la superficie de anécdotas y opiniones superficiales. Más aún: operan muchas veces una censura de su magisterio, recogiendo sólo lo que pueda confirmar esa imagen que pretenden transmitir y difundir, sembrando desconciertos y perplejidades, por una parte, y empatías superficiales, por otra.

¡Cómo no tene4r en cuenta, además, que conservadores reaccionarios desatan campañas denigratorias contra el pontificado, no expresan alguna comunión afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro y hacen mucho ruido en las redes mediáticas! Entre ellos, no faltan grupúsculos y exponentes tan “defensores de la doctrina” que son bien conocidos por no aceptar enseñanzas fundamentales del Concilio Vaticano II. Son sembradores de división y confusión, e incluso se advierte un odio luciferino contra el Papa.  Hay una impresionante similitud entre la actitud y comportamientos de los fariseos y doctores de la ley ante Jesús con los actuales neo-fariseos contra el papa Francisco: lo detestan porque desenmascara su hipocresía, su apego a la ley sin caridad; están al acecho, le plantean sus presuntas dudas que son trampas, siempre prontos para juzgarlo y condenarlo, incluso incuban el deseo de su muerte. No se trata de fieles que se dejan interpelar y convertir por el Vicario de Cristo, sino que están siempre dispuestos a condenarlos desde sus esquemas ideológicos. Hay que estar alertas, aunque se trate de núcleos muy minoritarios, porque en las actuales circunstancias hay y podrá haber poderes políticos y financieros dispuestos a apoyarlos abiertamente o desde las sombras.

Otra cosa muy diversa la expresan los honestos desconcertados ante la revolución evangélica que se está viviendo, cuyo respeto, fidelidad y búsqueda de comprensión hace que no caigan en rechazos, irreverencias e insultos. No en vano la recepción del Magisterio en una Iglesia tan culturalmente plural puede provocar situaciones de incertidumbre, que no son de infidelidad, desobediencia o temor. Toda otra cosa también son los respetuosos y sinceros debates abiertos que el mismo pontificado hace posibles y deseables.

Por otra parte, progresistas “a la moda”, que atacaron desde esquemas secularizadores a los papas anteriores, ahora pretenden apropiarse de Francisco, con sentido revanchista, despojándolo de todo lo que no cuadra dentro de sus esquemas. Así no hacen más que desvirtuar el magisterio del papa Francisco y alimentar las reacciones tradicionalistas.

Unos y otros, conservadores reaccionarios y progresistas mundanizados, pretenden encasillar la realidad original y desbordante del actual pontificado dentro de viejas antinomias anacrónicas. Unos y otros intentan arbitrariamente contraponer su pontificado a los de sus predecesores y considerar  de tal modo la novedad y reformas que lleva adelante el pontificado del papa Francisco como una ruptura de discontinuidad en la tradición de la Iglesia, en esa historia ininterrumpida de verdad y amor que es la Iglesia de Cristo.

Por todo ello es necesario plantearse las preguntas de fondo: ¿Qué es lo que está diciendo el Espíritu a la Iglesia y a las Iglesias por medio del testimonio, magisterio y ministerio del Papa? ¿Cómo se va perfilando su designio bajo las mociones del Espíritu de Dios? ¿A qué nos convoca y qué es lo que nos pide el actual pontificado? ¿Qué nos está mostrando Dios, qué nos está diciendo, qué nos está pidiendo que cambiemos, qué caminos nos está indicando, a cada uno personalmente y a las diversas comunidades cristianas, en este tiempo histórico? Si no se plantean a fondo estas preguntas, es que quedamos en la superficie, atraídos por los “fuegos artificiales” pero despistados respecto del horizonte que se abre ante nosotros.

La libertad y la determinación que muestra el papa Francisco están basadas en dos elementos fundamentales; por una parte, en la conciencia serena y alegre del dejarse conducir por el Espíritu de Dios. No en vano es en los tiempos cotidianos de su exigente disciplina espiritual, orante, que el Papa Francisco se pone a la escucha y va madurando sus decisiones. “El ministerio se hace arrodillado”, dijo el papa Francisco en una audiencia. “Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración” (E.G., 262). Por otra, su libertad y determinación se apoyan también en el afecto que le expresa el santo pueblo de Dios, inspirado por su instinto evangélico, por el sensus fidei, por la unción del Espíritu Santo, y que le manifiestan también, más allá de las fronteras eclesiásticas, multitudes atraídas por el testimonio de su humanidad. A ello se suma un sorprendente don y experiencia de conducción de los procesos de una Iglesia en camino, apuntando hacia una unidad que tenga en cuenta, acoja y supere las inevitables oposiciones que la sacuden. ¿Acaso no se ha definido a la Iglesia como “unidad de los opuestos” (¡opuestos que no son contradictorios!)?

La conversión personal 

Aprendiendo de la “gramática de la sencillez”, se podrían sintetizar esquemáticamente las enseñanzas de la Exhortación Evangelii Gaudium, incluso de todo el Magisterio del Papa Francisco, en cuatro invitaciones: una invitación urgida a una conversión personal, una conversión pastoral, una conversión misionera, una conversión a la solidaridad por amor preferencial a los pobres.

Desde cuando el papa Francisco apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro ha habido un sucederse sorprendente de gestos y palabras que encienden continuamente la atención y que la conducen a concentrarse en la invitación a un encuentro personal con Jesucristo. “Invito a cada cristiano – escribe con fuerza y urgencia -, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (E.G. 3). Por eso, el papa Francisco asegura que no se cansará de repetir “aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio”: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (E.G. 7; DCE, 1).

El Papa quiere centrarse y centrarnos efectivamente en lo esencial de la Buena Nueva. El cristianismo no es, ante todo, un conjunto de doctrinas, preceptos morales, ritos y procedimientos. Es un acontecimiento: el Verbo de Dios hecho carne, según el designio misericordioso del Padre, muerto en Cruz por nuestros pecados y resucitado por la potencia de Dios, que viene a nuestro encuentro, por gracia del Espíritu Santo, llamándonos a su seguimiento, a la comunión con Él en su pueblo y cuerpo, que es la Iglesia, hasta poder llegar a experimentar milagrosamente que “no soy quien vivo, sino Cristo que vive en mí” (Gal. 2, 20). ¡Es Cristo reconocido como el Señor y Salvador! Es esta centralidad esencial del Evangelio “lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y a la vez lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante”, nos dice (E.G. 34). Él mismo nos testimonia y anuncia, sobre todo en las homilías de sus Misas matutinas, un Evangelio casi “sine glosa”, primero rezado, contemplado, y después compartido en la trama de la cotidianidad. ¿Acaso no impresiona y nos interpela la distancia que se observa entre la propia vida personal y comunitaria de nosotros, los cristianos, y la radicalidad de las exigencias evangélicas?

El papa Francisco quiere especialmente, refiriéndose a los cristianos, desestabilizar nuestras tendencias a profesar un cristianismo formal, fardo tradicional, apegado sólo a algunos ritos, doctrinas y preceptos. No faltan, pues, las referencias a los cristianos de “vidriera”, de “confitería”, al “agua de rosas”, a cristianos que viven como paganos, a los que “balconean”, a los cristianos derrotados, escépticos, abatidos, tristes, porque han perdido la esperanza (cf. E.G. 76-86). El Papa quiere, sin duda, desacomodarnos, desestabilizarnos de toda asimilación y conformación de nuestro cristianismo según el espíritu de este mundo, recostado en una tranquilidad burguesa.

Más fuerte, sin embargo, es su propuesta a que seamos dóciles al Espíritu de Dios, a que acojamos sus sorpresas – y es el Papa el primero que ciertamente las acoge – más allá de nuestras seguridades materiales, espirituales, eclesiásticas. Es el Espíritu de Dios que nos conduce al encuentro con Jesucristo, con la misma realidad, la misma novedad, la misma actualidad, el mismo poder de persuasión y afecto, que el experimentado por los primeros discípulos a las orillas del lago, la samaritana en el pozo y sedienta de agua viva, Zaqueo subido al árbol y visitado por el Señor en su casa, la Magdalena conmovida por su presencia misericordiosa, los abatidos discípulos de Emaús que sienten arder el corazón al reconocerlo. El Santo Padre no se cansa de plantear la pregunta decisiva, como lo hizo a los Obispos italianos: “¿Quién es Jesús para mi vida? ¿Cómo ha marcado la verdad de mi historia? (…) Tengamos fija la mirada sobre Él, centro del tiempo y la historia; hagamos espacio a su presencia en nosotros: es Él el principio y el fundamento que abraza con su misericordia nuestras debilidades y todo transfigura y renueva; es Él lo que de más precioso estamos llamados a ofrecer a nuestra gente” (Papa Francisco a los Obispos italianos reunidos en Asamblea Plenaria, 19.V.14).  

Ya decía el Cardenal Bergoglio que la categoría del “encuentro” resultaba la más decisiva en una lectura transversal del documento de Aparecida. Este encuentro con Cristo se da hoy por el testimonio de sus discípulos-misioneros, por el anuncio con autoridad de su Pascua por parte de los sucesores de los apóstoles y por el sucesor de Pedro en primer lugar, por los sacramentos de su Presencia en la Iglesia, por la escucha de su Palabra en la sagrada liturgia, por el amor a los pobres que son – como afirmaba un Padre de la Iglesia – “segunda eucaristía del Señor”. Sólo en el estupor de este encuentro con Cristo, sobreabundante a todas nuestras expectativas pero percibido y vivido como plena respuesta a los anhelos de verdad y felicidad del “corazón” de la persona, el cristianismo no queda reducido a una lógica abstracta sino que, por la sacramentalidad de la Iglesia, se hace “carne” en la propia existencia.

Éste es el tiempo de la misericordia

La conversión de la persona pasa por el don de reconocerse pecador, confiándose con actitud mendicante a la gracia de Dios misericordioso, para llegar – como invita papa Francisco - a “sentir como Cristo, pensar como Cristo, vivir como Cristo”. El mismo Papa se define, y no a modo de figura literaria, come un pecador en el que Dios ha puesto su mirada misericordiosa.

No en vano “éste es el tiempo de la misericordia”: tales fueron las palabras del papa Francesco en el primer rezo dominical del Angelus de su pontificado. Y acabamos de concluir el Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia que el Papa convocó por inspiración del Espíritu Santo y que ha sido tiempo de innumerables gracias. El papa Francisco nos ha introducido con sabiduría teológica, espiritual y pedagógica, de modo muy profundo, en el misterio insondable e inaudito de la Misericordia, el atributo más sorprendente del ser de Dios, de su designio de redención, síntesis de la fe de la Iglesia, que ha de ser paradigma de actitudes y comportamientos de todos los cristianos y de toda obra pastoral de las comunidades cristianas.

La palabra “misericordia” está compuesta por dos palabras: miseria y corazón. Si el corazón indica la capacidad de amar de una persona, entonces la misericordia es el amor que abraza la miseria de la persona humana. En el designio misericordioso de Dios, el Verbo se hizo carne, partícipe de todas nuestras fragilidades, anonadándose para convertirse en compañía y servicio de salvación de la humanidad herida. Ninguna miseria humana, ningún pecado, puede cancelar esa compañía misericordiosa, ni impedirle poner en acto su gracia de conversión, con tal que la invoquemos. Esa misericordia de Dios, que perdona “setenta veces siete”, alcanza la plenitud con el don del Espíritu Santo, que hace posible, genera y nutre la vida nueva de los discípulos de Jesús. Por más graves que sean los pecados de la persona, del mundo entero, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra, posibilita el milagro de una vida más humana, llena de alegría y esperanza. Es el fuego del bautismo en nuestros corazones.

Podría decirse que el papa considera la misericordia como la modalidad sustancial y adecuada por la cual el cristianismo va al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan a menudo alejados de la Iglesia, sin excluir a nadie – porque el amor de Dios no excluye a nadie -, sin poner precondiciones morales para ese encuentro. Francisco tiene la convicción de que sólo la proximidad del amor rompe prejuicios y resistencias, lleva consigo una atracción, abre los corazones, da espacio a diálogos verdaderos, permite auténticos intercambios de humanidad, suscita preguntas y esperanzas, prepara para el anuncio y la acogida del Evangelio.

El pontificado del Papa Francisco está profundamente caracterizado por el don de la misericordia. El Santo Padre quiere ser, ante todo, discípulo y testigo de la Misericordia de Dios, que nos ama a todos, con amor gratuito, sin límites, sin discriminaciones, sin esperar contrapartidas.

Por cierto que recordamos y tenemos muy presente la encíclica Dives in Misericordia de San Juan Pablo II, la fiesta de la Divina Misericordia que integró en el calendario litúrgico, las hermosas páginas de teología del papa emérito Benedicto XVI sobre este misterio, pero el pontificado del papa Francisco ha sabido calar muy a fondo este don y actitud de misericordia en la vida de los cristianos, de sus comunidades y Pastores. El Papa nos invita insistentemente a reconocer cómo Dios nos ha tratado y nos trata con misericordia en el curso de nuestras vidas y nos exhorta a experimentar, aquí y ahora, la conversión para ser cada vez más reflejos e instrumentos de la misericordia en todos los ámbitos de nuestra vida. Nos invita a salir e ir al encuentro con una mirada llena de misericordia porque, ante todo, ha sido experimentada en primera persona. Porque acogidos por la misericordia de Dios nos convertimos en testigos de su misericordia. ¿Qué es la Iglesia sino una comunidad de pobres pecadores que la gracia de Dios ha convocado, reunido, reconciliado, para ser signo de su misericordia entre los hombres? Es una imagen muy diversa imagen a la de una Iglesia siempre con el dedo alzado para acusar los males del mundo. Hay una frase de Charles Péguy que hoy resuena con especial elocuencia: Jesús no perdió ni utilizó sus tres años de vida pública “para quejarse de los males de los tiempos. Y, sin embargo, existían los males de los tiempos, de su tiempo (…). Y él cortó por lo sano. De una manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo. Poniendo en el medio el mundo cristiano. No condenó, no acusó a nadie. Salvó. No condenó al mundo. Salvó al mundo”.    

No es, pues, por casualidad, que se esté dando en la vida de los cristianos y en la comunidad eclesial, como nunca en tiempos del post-concilio,  una muy concreta y efectiva recuperación de la frecuentación al sacramento de la penitencia y de la reconciliación. Impresiona también cómo las obras de la misericordia han sido mucho más incorporadas en la vida de los cristianos y sus comunidades.  

Una conversión pastoral

De esa conversión personal, “reforma in membris”, nadie puede quedar exento en la Iglesia. El Papa Francisco invita también en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium a una “conversión pastoral”: “apertura de una permanente reforma de sí (de la Iglesia) por fidelidad a Jesucristo”, escribió el papa Francisco, citando al Concilio Ecuménico Vaticano II (cf. E.G., 26).

Es cierto que esta conversión pastoral requiere una revisión profunda de las estructuras, los planes y las obras de la Iglesia para evitar que se vayan fosilizando, se vuelvan caducas e incluso que se corrompan, perdiendo en su inercia todo resplandor de testimonio cristiano y energía misionera. Requiere también un profundo examen de conciencia de cada Iglesia local, comunidad parroquial, comunidad religiosa, movimientos eclesiales: ¿cuánto hacemos visible a Cristo en nuestra vida, más allá del ofuscamiento de nuestro pecado? ¿Cómo se da testimonio de ser “casa y escuela de comunión” (N.M.I., 43)? Si la misión se realiza no por proselitismo sino por atracción – como dijo el papa Benedicto XVI en Aparecida y ha repetido con frecuencia el papa Francisco – es sólo la belleza del misterio de Dios que la Iglesia alberga, es el estupor de un encuentro con Cristo, es una sorprendente unidad y gratuita caridad, lo que fascina y atrae. Es la belleza de los santos y los mártires, la atracción de una humanidad nueva, de una vida buena, de una existencia movida por el amor y la verdad, que la gracia hace posible.

Sin embargo, toda conversión pastoral ha de comenzar por los Pastores, Obispos y presbíteros. Es la “reforma in capite” a la que estamos asistiendo desde el papado, y que el Papa promueve entre sus colaboradores en las estructuras centrales de la Iglesia, que tiene que plantearse en la revisión de vida de cada Iglesia local y Conferencia episcopal, de cada Obispo y sus presbíteros.

Si el Santo Padre Francisco habla de una reforma del Papado, ya en acto – incluso de una “conversión del papado” –, ella implica también una reforma por conversión del episcopado. De ella el papa Francisco ya ha hablado muy ilustrativamente en muy diversas ocasiones. Hay muchos discursos importantes del papa Francisco dirigidos a los Obispos. Por algo también la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium nos exige el examen de conciencia y revisión de vida ante “las tentaciones de los agentes pastorales” (nn. 76-109) y llama a superar un clericalismo todavía bien arraigado y resistente. Lo que importa más es el ejemplo que el Papa está mostrando a sus hermanos en el episcopado y, en general, a todos los ministros de la Iglesia. Basta mirar al Papa y seguirlo (que no quiere decir copiarlo). No se pueden dejar las cosas como están (cf. E.G., 25), haciendo lo mismo de lo mismo como si nada de verdaderamente interpelante estuviera ocurriendo. Siempre hay un “más y mejor” que nos requiere el Señor. De ello depende también el efecto multiplicador del proceso de reformas iniciado por el actual pontificado. De ello depende también la superación de una imagen distorsionada de algunos medios periodísticos de un Papa reformador, separado y contrapuesto a una Iglesia resistente.

Lo que impresiona a primera vista en esa “conversión del papado” es la sencillez, humildad y transparencia con las que el papa Francisco vive su ministerio, todo confiado a la gracia de Dios en la oración, en una sorprendente proximidad misericordiosa, solidaria y misionera a la gente que encuentra, a la gente que le ha sido confiada.

La imagen predilecta de Francisco es la del pastor que camina con su pueblo: delante, en medio y detrás, como lo explica a menudo. “La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo”, porque “para ser evangelizadores del alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior” (E.G., 268). Hablamos de “pueblo” y no de “masa”: pueblo es memoria de sí, sentido de pertenencia, conciencia de necesidades, ideal de vida buena, destino común. Son rostros concretos de personas, familias, comunidades. Son rostros de pobres. Para el Papa es un ir de corazón a corazón, en un intercambio de humanidad, lleno de compasión y ternura. No en vano Jorge Mario Bergoglio se sintió cercano a la llamada “teología del pueblo”, respuesta propositiva a los ideologismos de derecha y de izquierda, a las minorías “iluminadas” que esfuman a los pueblos bajo las estadísticas grises de “población” o sólo ven en ellos clientelas electorales o masas de maniobra.

Si se tiene este amor al propio santo pueblo fiel de Dios, compenetrado con los pueblos seculares por la inculturación, ¿cómo no valorizar la religiosidad  popular, brotadas de la encarnación de la fe cristiana en una cultura de los pobres y sencillos, precioso tesoro de la Iglesia (E.G., 90, 123-124)?. No es por cierto folklore religioso destinado a desaparecer por la avanzada de la modernidad y la secularización, sino modalidad de inculturación de la tradición cristiana en la historia, en la cultura, en la vida de un pueblo. No se puede comprender el sentido de dignidad de la persona, la alegría en medio de condiciones sufridas de vida, la solidaridad que se expresa por doquier y la esperanza contra toda esperanza si no es por esta inculturación, que enriquece la vida de los pueblos y custodia su ethos profundo en pos de sociedades más humanas.  ¿Cómo no valorizar también cualquier signo y huella de bien, verdad y belleza, de búsqueda de Dios, en la aventura humana de pueblos seculares, más allá de los confines visibles de la Iglesia?

Una conversión misionera

La conversión pastoral implica el paso de una Iglesia “conservadora” a una Iglesia “misionera” (cf D.A. 370). En efecto, el papa Francisco sueña “con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para su auto-preservación” (E.G., 27). El Papa Francisco desea ardientemente que “la salida misionera” sea “el paradigma de toda obra de Iglesia”.     

La “nueva etapa evangelizadora” a la que se refiere la Evangelii Gaudium (cf. E.G., 1, 17) se inaugura con el acontecimiento del Concilio Ecuménico Vaticano II, se retoma sintética y concentradamente con la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi de S.S. Pablo VI y se relanza con la convocatoria de una “nueva evangelización” por San Juan Pablo II y S.S. Benedicto XVI. Sin embargo, en el actual pontificado, especialmente en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, se advierte como un muy renovado, urgido y determinado “dinamismo de salida” de la Iglesia, zafada de todo ensimismamiento, de toda soberbia eclesiástica, de todo repliegue temeroso, de todo refugio autocomplaciente. Salir, salir, salir, es el verbo más frecuente como invitación del papa Francisco: salir e ir al encuentro, con la certeza de que en el Evangelio de Cristo, en su núcleo fundamental y resplandeciente que “es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (E.G., 36), se encuentra la respuesta sobreabundante y satisfactoria a las necesidades y exigencias constitutivas de la persona humana.

Abundamos actualmente en la referencia a la “nueva evangelización”. No es “nueva” por nuestros programas, obras e iniciativas. Es Cristo la fuente inagotable y constante de toda novedad. “Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad (…), también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio – escribe el papa Francisco -, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (E.G., 11, 12).

El pontificado del papa Francisco despliega un corazón misionero, especialmente hacia los alejados de la Iglesia. Se trata de salir a buscar las 99 ovejas que se han perdido y no quedarse con la sola oveja que está en el recinto. Las proporciones de esa parábola se han invertido enormemente. No hay que quedarse encerrados, esperando dentro de los recintos eclesiásticos. “La Iglesia – se lee en el texto de la intervención del Cardenal Bergoglio en las Congregaciones Generales previas al Cónclave – está llamada a salir de sí misma e ir a las periferias, no sólo geográficas sino también a las periferias existenciales: las del misterio del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia, donde existe la indiferencia religiosa, las del pensamiento y las de todas las miserias”. Centrados en Cristo y bien arraigados en su cuerpo, que es la Iglesia, pero des-centrados para la misión: se trata de un ir al encuentro de los otros sin temores, pero por cierto sin negociar la propia pertenencia ni la misión de anunciar el Evangelio de Jesucristo. Es obra de una santa paciencia, pues consciente que el Espíritu de Dios siempre nos “primerea”: es Él el verdadero protagonista de la evangelización, que nos precede en los corazones de las personas y en la cultura de los pueblos.

Hay un soberbio capítulo en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 24, que muestra ese itinerario de la evangelización, que es tremendamente ilustrativo de este pontificado  y que, por lo tanto,  conviene citarlo por entero: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan (…). La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva (…). Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse> (…). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo” (n. 24).

El Papa Francisco indica el camino de la misión, que es salir a mar abierto, el de un cambio de época que traza escenarios humanos y sociales diferentes, inéditos, tremendamente desafiantes. Así lo ha hecho con las dos asambleas sinodales dedicadas a una realidad crucial, en plena crisis, como la de la familia. Nos ha regalado su Exhortación apostólica post-sinodal Amoris Letitiae, en la que ofrece un desarrollo atractivo sobre la belleza del amor fiel, fecundo y hospitalario que se vive en el matrimonio y se despliega en la familia y en los vínculos inter-generacionales, alerta sobre la “colonización ideológica” que pretende socavar esta célula natural y fundamental del tejido social y se acerca con misericordia a las diversas situaciones en que matrimonios y familias sufren profundas heridas.  Así lo ha hecho también, presidiendo dos jornadas mundiales de una juventud, tan a menudo desprovista de padres, educadores y maestros, abrazándola y poniéndose a su escucha, llamándola a ser protagonista de la vida de la Iglesia y convocando una próxima futura asamblea mundial del Sínodo de Obispos con el tema: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Así lo hace abrazando día a día a los pobres, a los excluidos, a los más vulnerables de un mundo confuso y violento.

Los pobres, destinatarios privilegiados del Evangelio

La misma etimología de la “misericordia” (“cor”, “miseri”) desentraña un corazón que abraza a los pobres y necesitados. Es la imagen del padre que no se cansa de esperar al “hijo pródigo” con los brazos abiertos, sin pedirle una rendición de cuentas. Es la imagen del buen samaritano que se detiene ante el herido y lo lleva a la posada, que es como ese “hospital de campaña” con el que el Papa Francisco ha identificado la Iglesia. ¡Y cuántos son los heridos en el cuerpo y en el alma que se encuentran por las calles de las ciudades!: son las víctimas de las violencias de todo tipo que abundan, los tendales humanos provocados por el consumo de drogas y la violencia del narco-negocio, los afectados por la destrucción de los vínculos matrimoniales y familiares, los niños y los ancianos abandonados, los desocupados o los que sufren de la precariedad laboral convertida en precariedad de la existencia, las personas sometidas a la esclavitud de la trata de seres humanos, aquéllas convertidas en objeto por el consumo sexual o por la codicia del dinero, las peripecias dramáticas de migrantes y refugiados,  los que están en cárceles por lo general inhumanas, la infancia vulnerable incluso desde el seno materno, quienes han perdido la esperanza y viven en la orfandad por desconocimiento de la paternidad divina. Convivimos con ellos, arrastrando nuestras propias heridas.

La Iglesia de América Latina ha dado una gran contribución a toda la catolicidad retomando y propagando desde sí el amor preferencial a los pobres, de neto cuño evangélico, eclesial.  Como lo hizo nuevamente en Aparecida y lo desarrolló en modo iluminante el papa Francisco en la Evangelii Gaudium, hoy hay que ratificar y potenciar muy concretamente la “opción preferencial por los pobres”, propia de discípulos y testigos de un Dios que rico se hace pobre hasta lo inverosímil y se identifica especialmente con los pobres, enfermos y excluidos, que son como la “segunda eucaristía del Señor”. Tener los mismos sentimientos de Jesús implica escuchar el clamor de los pobres, compartir sus sufrimientos, identificarse con ellos, salir al encuentro de sus necesidades, ser solidarios con ellos, luchar por todo lo que los dignifique y libere. De lo que hemos hecho por ellos seremos juzgados.

Podemos por cierto recordar el radiomensaje del 11 de septiembre de 1962, que precedía la apertura del Concilio Vaticano II, en el que San Juan XXIII afirmó que “(…) la Iglesia se presenta tal cual es y como quiere ser, como la Iglesia de todos y especialmente la Iglesia de los pobres”. Luego, en la Constitución Lumen Gentium, n. 8, se lee que “Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos (Lc. 4, 18)”, de modo que la Iglesia “reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente (…)”. ¡Cuántas fueron las expresiones en tal sentido durante el pontificado de San Juan Pablo II, especialmente en la Carta Apostólica Nuovo Millennio Ineunte (nn. 49 y ss)! Y resuena todavía la fuerte afirmación del papa Benedicto XVI en el discurso inaugural de Aparecida, señalando el “núcleo cristológico” del amor preferencial por los pobres. Es una connotación evangélica que está en la mejor tradición eclesial. Pero no ha habido en el magisterio de la Iglesia un desarrollo teológico tan importante y vigoroso sobre la “opción preferencial por los pobres” como el que el papa Francisco desarrolla en la Exhortación Evangelii Gaudium (cf. n. 186 y ss.). Y asombra la coherencia, en palabras y gestos, con que el papa Francisco la coloca en el corazón de la Iglesia.

El papa Francisco ha participado, además, del discernimiento que sobre esta temática y praxis eclesial se ha ido desarrollando en el camino de la Iglesia latinoamericana. Por eso, puede recordar en Asís, el 4 de octubre de 2013, que, como San Francisco, no hay que separar nunca “la imitación de Cristo y el amor a los pobres”, para que éste no se desgaste en moralismos y meros asistencialismos (¡la Iglesia reducida a ONG!) o quede reducido según criterios políticos e ideológicos.

Las imágenes y las palabras cotidianas del papa Francesco que nos acercan, que nos hacen prójimos, los rostros de los pobres, nos muestra el Evangelio vivido, el abrazo de la caridad, el don conmovido de sí. Así nos muestra también lo que espera de las comunidades cristianas, de sus compromisos, prioridades y obras. ¡Una “Iglesia pobre y para los pobres”!

Profecía y esperanza

Los buenos samaritanos han de ser también los protagonistas de la “caridad política”. Hay que afrontar y socorrer las necesidades más urgentes, pero a la vez hay que ser constructores de formas de vida más justas y fraternas. El abrazo de la caridad y el compromiso de la solidaridad se viven hoy en el contexto de la sociedad global. Hay una dimensión social y política del Evangelio que el papa Francisco no deja de evidenciar en la misión de la Iglesia, recapitulando su patrimonio de Doctrina Social, abriéndola a nuevos problemas y colocándola dentro de un horizonte civilizatorio. Basta releer con atención la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium y la encíclica Laudato sì. Rompiendo la gran burbuja de la indiferencia y la distracción, el papa nos acerca y nos pone ante los ojos el desplegarse de numerosos focos de guerra,  la violencia y el terrorismo en Medio Oriente, las persecuciones sufridas por las comunidades cristianas y el testimonio de los mártires contemporáneos, las tragedias de los inmigrantes y refugiados desplazados por  guerras y persecuciones, así como por las inicuas desigualdades sociales a niveles planetarios y la condena de pueblos enteros a la miseria y al hambre. El amor por los pobres se convierte en clave de juicio de estructuras sociales, modelos económicos y conflictos globales.  Tiene clamor profético su voz cuando nos advierte sobre los regueros de esclavitud que generan las idolatrías del dinero y del poder, una economía sin rostro movida por el lucro a todo costo, las devastaciones ecológicas y humanas que provocan paradigmas tecnocráticos, las formas de corrupción de esa alta expresión de caridad que es la política. El Papa Francisco sabe que los conflictos y tensiones son inevitables, pero se apresura a reconocer, valorizar y alentar todo espiral de diálogo, el abatimiento de muros y la construcción de puentes, la promover de una cultura del encuentro, para ir creando condiciones de esa “amistad social” sin la cual falta la energía y el horizonte para el “bien común” de las naciones y de la convivencia internacional. En esa perspectiva, son sorprendentes y fecundos los pasos que se están dando hacia un testimonio común de las diversas comunidades cristianas, la tenacidad y perseverancia con la que se prosigue el diálogo inter-religioso no obstante muchas dificultades, la pastoral “diplomática” de la Iglesia para superar arraigadas contraposiciones y facilitar y alentar diálogos allí donde se dan dramáticas y amenazadoras polarizaciones.

Hoy, más que nunca, los cristianos y sus comunidades son llamados e impulsados a ser protagonistas, en colaboración con todos los hombres de buena voluntad, en las grandes tareas para custodiar y promover la vida, la razón, la libertad, una ecología natural y humana para la convivencia, los grandes ideales de paz y justicia, manteniendo viva la esperanza de los hombres y los pueblos.   

No es falta de humildad, sino puro realismo,  si se afirma que la Iglesia católica, no obstante sus fragilidades y miserias humanas, no obstante sus diversos ritmos y grandes tensiones internas, es la alternativa esperanzadora por un mundo más humano en medio de las condiciones actuales plagadas de iniquidades, confusiones y violencias.

¿Y América Latina?

Estamos ya en vísperas del décimo aniversario de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida. Fue un signo de madurez en el camino de la Iglesia latinoamericana. Aparecida supo afrontar la realidad de las personas, las familias, los pueblos y naciones de América Latina desde una fe católica inculturada y un sobresalto en la misión de la Iglesia al servicio de todos. El acontecimiento y el documento de Aparecida fueron acogidos con gran alegría y entusiasmo en todas las Iglesias locales del continente. Se reconocieron en su espíritu y orientaciones católicos de diversas sensibilidades e incluso muchos hermanos de otras comunidades cristianas. 

Sin embargo, cabe plantearse una seria revisión de vida sobre estos diez años transcurridos. Quizás lo de la “misión continental” fuera un objetivo demasiado ambicioso. Lo cierto es que no ha logrado cobrar cuerpo y dinamismo más allá de muchas experiencias locales generosas y significativas. Pasaron diez años y la situación latinoamericana y mundial ha vivido profundas transformaciones. Y ahora contamos con la presencia exigente e interpelante de un Papa que viene de América Latina, que es portador de lo mejor de nuestra Iglesia latinoamericana. Más que nunca el entusiasmo que provoca por doquier el pontificado del papa Francisco, tiene que estar acompañado por la toma de conciencia de las acrecidas exigencias y responsabilidades que la Providencia plantea a sus Iglesias, a todos los cristianos y a los pueblos latinoamericanos.

La siembra evangelizadora del papa Francisco está ciertamente comenzando a fructificar. La apertura del corazón de los latinoamericanos hacia el pontificado conlleva una actitud de interés, empatía e incluso adhesión a la Iglesia y a su mensaje.  Se despiertan cristianos adormecidos y se reafirma el reconocimiento de la dignidad y responsabilidad del confesarse católicos. No faltan auténticas conversiones. Y unción sobrenatural que mueve a pueblos bautizados destaca por doquier la vitalidad de las expresiones de la religiosidad popular. Han aumentado en estos años las innumerables multitudes de peregrinos hacia los grandes santuarios marianos. Incluso se puede reconocer con orgullo que fueron 21 millones de latinoamericanos los que pasaron la “puerta santa” en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe durante el Año de la Misericordia (mientras llegaron a ser 20 millones los que lo hicieron por la “puerta santa” de la Basílica de San Pedro). Por último hay que destacar que la alta credibilidad de la Iglesia católica en el sentir de los pueblos latinoamericano, junto a la del papa Francisco, han dado lugar a las tan frecuentes visitas al Vaticano por parte de los Presidentes de las naciones latinoamericanas.

Sin embargo, habría que interrogarse más a fondo qué significa y a qué convoca el pontificado del papa Francisco para América Latina en su actual curso histórico. Habría que contar con muchas más experiencias y publicaciones que muestren esa ebullición espiritual, intelectual, solidaria y misionera que cabría esperar por doquier. Me imagino a mi maestro y amigo Methol Ferré, que, si estuviera vivo, estaría incluso repensando toda la historia de América Latina a partir de este hecho crucial del primer papa latinoamericano en la historia de la catolicidad. Al menos habría que preguntarse mucho más a fondo qué significa, que implica y qué consecuencias tiene  el llamamiento del papa a todos los bautizados a esa conversión personal mediante un  renovado encuentro con Cristo, rostro misericordioso de Dios; a esa conversión pastoral en la vida de las comunidades cristianas y en el testimonio y ejercicio del ministerio, a esa conversión misionera de una Iglesia en salida al encuentro de próximos y lejanos, y a esa conversión a la solidaridad por amor a los pobres, sufridos y excluidos. De respuestas a estos cuatro llamamientos, movidas por la gracia en caminos de vida nueva, se van desatando las energías para afrontar, en el servicio, todas las dimensiones de vida de las personas, las familias y los pueblos latinoamericanos.

Algunas preguntas inquietantes

En la Semana Social de 2004, promovida por el episcopado argentino, el padre Diego Dares S.I. invitaba a afrontar la cuestión social en América Latina a la luz de la mirada pastoral del papa Francisco. De tal modo, no podemos ahorrarnos algunas preguntas inquietantes si efectivamente queremos ponemos en sintonía de comunión con el magisterio del papa. ¿Qué significa concretamente para América Latina esa cultura del diálogo y del encuentro que propone siempre el papa Francisco, en sociedades fragmentadas, desconfiadas, confundidas y polarizadas, incapaces de converger hacia grandes proyectos nacionales y populares? ¿Cómo rehacer los vínculos de comunión matrimonial y familiar, los tejidos de cohesión social, los sentimientos profundos de pertenencia y amor a la patria, en medio de sociedades cada vez más des-vinculadas y desintegradas? ¿Cómo privilegiar sobre todo la educación a la libertad y responsabilidad de las nuevas generaciones, promoviendo su escolarización universal, el crecimiento de su nivel cultural, hipótesis e ideales grandes para afrontar la vida personal y colectiva, su solidaridad inter-generacional y social? ¿Cómo defender a la juventud, especialmente de los sectores populares, contra el veneno de la drogadicción? ¿Qué implica y exige ese amor preferencial por los pobres, la solidaridad e inclusión, el tan necesario crecimiento económico pero con equidad y justicia, donde subsisten e incluso crecen las más inicuas y escandalosas desigualdades sociales? ¿Qué nos enseña concretamente su crítica radical a la idolatría del dinero, que gobierna en la vida privada y pública, con sus secuelas de especulaciones financieras, parasitismos rentistas y difusión de una mentalidad banal de consumismo? ¿Cómo acompañar una educación a la cultura del trabajo y al valor de la laboriosidad, junto con la lucha por la dignidad del trabajo y por políticas del pleno empleo, consignas fundamentales para la movilización de las organizaciones sindicales junto con los movimientos de excluidos, para la creación de nuevas formas de economía popular y la multiplicación y sostén de pequeñas y medianas empresas? ¿Cómo lograr que las reivindicaciones de “tierra, techo y trabajo” para todos de los movimientos populares encuentren apoyos sociales, políticos, intelectuales y eclesiales, y se incorporen efectivamente en la construcción de las naciones? ¿Cómo hacernos partícipes de una tenaz y profética promoción de la paz y de una ordenada convivencia, contra toda violencia política, inseguridad ciudadana y narcotráfico asesino? ¿Cómo cuidar todas las riquezas ecológicas y humanas que la Providencia de Dios ha querido para nuestra “casa común” -¡común para todos!-, sin explotaciones irracionales y destructivas, como paradigma indispensable de todo necesario crecimiento tecnológico, industrial y agropecuario para bien de nuestras naciones y de toda Latinoamérica? ¿Cómo retomar y relanzar nuestras condiciones favorables y nuestro ideal histórico de una “Patria Grande” latinoamericana, en voluntades, procesos e instancias políticas supra-nacionales, intercambios culturales y estructuras económicas de integración para estar en condiciones de ser sujetos autónomos – y no meramente dependientes o marginales – en el concierto internacional? ¿Quiénes piensan y persiguen con tenacidad una red de infraestructuras físicas, energéticas y de comunicaciones para América Latina, sus “tradings” productivos y sus formas de complementación económica, su fortalecimiento de compañías multinacionales latinoamericanas, la concentración regional en centros de alta innovación científica y tecnológica, sus programas de intercambio docente y estudiantil a modo de “erasmus”, sin todo lo cual eso de la “Patria Grande” queda en retórica vacua? ¿Cómo rehabilitar la dignidad de la política como “alta forma de la caridad”, encaminándonos hacia democracias más maduras, de vasta participación popular, más allá de las idolatrías del poder en autocracias de tendencia totalitaria, en soberbias ideológicas y en oligarquías tecnocráticas, e incluso por parte de las corporaciones profesionales de política autorreferencial, más absorbida por la puja del poder que por el bien común, y a menudo caída en los pantanos de la corrupción? ¿Cómo saber situar todos esos problemas en el horizonte civilizatorio que plantea la Laudato si? ¿En dónde se están pensando y proyectando una, dos, muchas terceras vías, más allá de los círculos viciosos y los callejones sin salida del neocapitalismo liberal y del socialismo de monopolio estatal? ¿Nos planteamos a fondo entre nosotros la exigencia de una reconstrucción de la experiencia y la conciencia de ser pueblo, para que sea sujeto de la propia historia, animado por una mística de servicio, fraternidad y solidaridad? Sólo así se podrá ir dando cuerpo y oxígeno a las nuevas estructuras y sujetos políticos que necesita América Latina.

Cuando nos enfrentamos a estas preguntas, se hace más notorio un cierto déficit que se advierte entre los cristianos y las comunidades cristianas en América Latina – ¡pero no sólo de los cristianos! – de un discernimiento profundo y de un juicio sintético orientador respecto a su coyuntura actual, de apuestas proyectuales respecto a los próximos futuros posibles de los pueblos latinoamericanos.  Falta por doquier pensamiento de síntesis fuertes, falta iniciativa de mayores horizontes y largo aliento, falta poner a fuego prioridades, falta debatir abiertamente sobre lo que más importa, falta cuajar convergencias firmes, claras, motivadoras, en medio de tanta generosidad dispersa.

 

No podemos no intentar dar respuestas “inculturadas”, razonables, realistas y eficaces a estas preguntas. Si no lo hiciéramos, estaríamos en gran medida desaprovechando el tiempo favorable de gracia del actual pontificado. “Hay que repensar la cuestión social desde la mirada pastoral de Francisco”, planteó el jesuita Diego Fahres en la Semana Social 2014 promovida por la Conferencia Episcopal argentina. Se necesita una traducción libre y audaz, como proyecto histórico, como “política” en el más noble y amplio sentido del término, de todo lo que significa y aporta el actual pontificado. Es obvio que no nos estamos refiriendo a la formación de un partido político “cristiano” o a la búsqueda de “hegemonías” católicas, ni a la “utilización” de la figura de Francisco para los propios fines políticos. Estas preguntas se plantean ante todo a nuestros pueblos, a sus organizaciones, a las usinas de pensamiento, a quienes son o pretenden ser sus liderazgos políticos. Pero dentro de esa realidad, a eso estamos llamados los cristianos, las comunidades cristianas, si pretendemos una renovada presencia y aporte en la vida pública de nuestros países y un servicio original desde el Evangelio a nuestros pueblos y a los pobres.

Sin esta traducción “política”, los cristianos quedan condenados a una diáspora muy poco significativa, irrelevante, inoperante, nada menos que en un continente con un 80% de bautizados, con la tradición cristiana todavía muy arraigada en la vida de los pueblos, con la presencia de un papa latinoamericano que despierta profunda empatía y esperanzas por doquier. No hay que quejarse del “clericalismo” en América Latina, si bien está tan presente, si no se plantean y debaten a fondo estas preguntas y si no se tiene en cuenta que, desde el arrasamiento de toda forma de participación política por parte de los regímenes militares de seguridad nacional, hubo una especie repliegue eclesiástico de los laicos sin que emerjan corrientes de vida nueva a lo largo y ancho del continente.

Queda así resaltada la contradicción entre el impresionante acontecimiento del primer Papa latinoamericano, Pastor universal de altísima credibilidad a niveles nacionales, latinoamericanos e internacionales, y la actual situación de zozobra e incertidumbre, de políticas de estrecho pragmatismo que corren el riesgo de involución en América Latina. Nadie nos ahorra los tremendos desafíos que el actual pontificado plantea a los pueblos, naciones e Iglesias en América Latina.

En la onda de una revolución   

Todavía en tiempos del pontificado del papa Benedicto XVI, cuando resonaban sus palabras sobre la “revolución del amor”, indicando al cristianismo como “la mutación más radical de la historia”, Alberto Methol Ferré afirmaba que, después del agotamiento y fracaso históricos de la tradición revolucionaria sin Dios, contra Dios, sólo la Iglesia podía retomar con credibilidad el lenguaje de la revolución.  Ahora es el Papa Francisco quien nos llama a ser testigos y protagonistas de esa revolución del amor, de la “revolución de la fe”, de la “revolución de la gracia”, ciertamente la más revolucionaria porque cambia radicalmente a la persona e imprime incansablemente dosis de amor y verdad, de solidaridad y fraternidad, en la vida de los pueblos. ¡Personas y pueblos, que son los sujetos de la historia, bajo la luz y la fuerza del Señor de la historia! Es la “fuerza imparable de vida” de la resurrección (E.G. n. 276). Hoy estamos desafiados a demostrar, en los hechos y no sólo por palabras, que el Evangelio es la mejor respuesta, la más adecuada y conveniente, a la sed de felicidad y justicia que late en el corazón de los latinoamericanos y en la cultura de sus naciones. Si esta “revolución evangélica” no se va traduciendo en nuevas formas de vida para las personas, los pueblos y naciones de América Latina, algo grave está fallando.

Estamos en los albores de una nueva primavera eclesial y latinoamericana, embarcados en una oportunidad histórica que no se puede desperdiciar. Dios nos pone ante tremendos desafíos, que parecen desproporcionados, pero nunca falta su gracia para sostenernos.  

Reforma in capite e in membris

La reforma de la Iglesia es capital para su misión al servicio del bien de las personas, de los pueblos y naciones.

Esta reforma de la Iglesia in capite e in membris, para ser cada vez más fiel a su Señor y a la misión que le ha sido confiada – reforma que es obra del Espíritu Santo -, no puede depender de un hombre solo al comando. Reforma in capitis implica y requiere conversión pastoral, la cual es “conversión del papado”, ya en acto, pero también conversión de los Pastores, a saber de los Obispos, de sus colaboradores en el ministerio, de todos los operadores pastorales. No hay reforma in capitis si no se logra contar con personas, actitudes y estilos que sigan verdaderamente al Papa en el servicio de la Curia Romana. No hay verdadera reforma sin una re-consagración que sacuda la vida de las comunidades de religiosos y religiosas, de manera que su camino de santidad se muestre fascinante y atractivo y su misión se despliegue en todas las periferias. No hay verdadera reforma si no es por medio de una multiforme riqueza carismática y educativa que ayude a dar un salto de calidad en la fe de muchos y alimente la piedad de los pueblos. No hay verdadera reforma si no es en una Iglesia en salida, hacia todas las periferias, cercana a la gente, llena de misericordia, de ternura y de solidaridad. No hay verdadera reforma si los pobres, que están en el centro del Evangelio, no están también, efectivamente, en el corazón de la Iglesia. No hay verdadera reforma si el Evangelio no desencadena y acompaña nuevos y fuertes movimientos de dignidad, de justicia y de paz en la vida de las naciones y en la comunidad internacional. No hay verdadera reforma si no inicia y se alimenta de rodillas, rezando. Sólo así el Espíritu Santo irá sedimentando, consolidando e irradiando por todas partes las energías cristianas que el papa Francisco está ayudando a reflorecer.  Creo que son estos los mayores desafíos que el pontificado tiene por delante.